sábado, diciembre 16, 2006

Otra historia de navidad

No tengo sueño aun, y falta mucho para la medianoche. ¿Por qué cada año tengo que dormir cuando es el día más feliz del año? -pensaba Esteban. Eran menos de la diez de la noche, pero su madre lo había mandado a dormir temprano. No le parecía justo, no podía hacerlo. Por un instante pensó que los adultos no dejaban disfrutar la navidad, como esos gigantes de los cuentos de hadas que intentan evitar la felicidad de los niños. En la repisa frente a su cama, el reloj marcaba los segundos casi al compás del ruido que hacían los grillos al frotar sus alas.

No podré dormir.

Fijó los ojos al techo, gris ahora con las luces apagadas, esperando que llegue medianoche.


¡Esteeeeban! –gritó la madre. ¡Se hace tarde para ir a misa!

No habían dado ni las siete de la noche y mamá ya quiere salir. Esteban se acomodaba el traje, su madre siempre lo había obligado a disfrazarse de formal para ir a misa. Eso no le gustaba, el cuello de la camisa es insoportable, no sé como los adultos pueden caminar con esto todos los días. ¡Mamá, mamá!, anúdame el nudo de esta corbata en miniatura que el niño aun no sabe hacerse, ya habrá tiempo de enseñarle, si sólo su padre estuviera aquí, sinvergüenza. Ya está, ahora ponte los zapatos, ¿si?, espero que estén lustrados. Sí, claro, como si no los llevara también al colegio, han de estar llenos de barro.

Salimos de casa quince minutos después de que limpiara mis zapatos, mamá se había demorado aún más en pintarse. Era de noche y el cielo estaba rojizo, la luna apenas se veía sobresalir de la niebla. Caminamos con mamá a la capilla que quedaba cruzando la avenida central, no estaba muy oscuro.

Así que cuando regresemos dejarás tus medias colgadas a la puerta de tu habitación y luego me dijo que me durmiera de verdad, no sólo que me hiciera el dormido como otros años, porque Santa iba a venir esa noche e iba a repartir regalos a los niños que se hayan portado bien y que estén profundamente dormidos cuando dé la medianoche.

Mientras tanto yo miraba a las personas en las calles, las mujeres que caminaban con nosotros a la capilla, las viejitas muy lentas de la mano de alguna niña con vestido nuevo, la gente asomándose a sus puertas con cara de felicidad. Hasta que me di cuenta de una cara que no conocía. Un señor que parecía pedir limosna sentado en la esquina, a la salida de la reja que los vecinos habíamos contratado y cómo lo dejan sentarse aquí, que desgracia, Esteban, no te acerques, pero qué… Vuelve aquí, ¡qué haces, niño?

-¿Estás aquí solo?- le pregunté, pero hoy es navidad. Toma, le di el dinero que mi mamá me daba para que ponga en la limosna, ellos no parecen necesitarlo tanto.

El anciano levantó los ojos y los entrecerró un poco en mueca de agradecimiento. Era una sonrisa hecha con los ojos solamente, porque no se veía su boca escondida debajo de la barba.

-¡Qué haces, muchachito? –gritó mamá, luego me dio un cocacho que me quedó doliendo hasta que nos sentamos en la banca. Mamá escogió la de la segunda fila, porque la primera es para santurronas, eso dijo. Dos horas después, porque habíamos llegado muy temprano, tú sabes, le dije a Esteban, la misa de navidad siempre se llena demasiado, como si todos asistieran a esa sola misa en el año, ja, y juran que se van a salvar.


En el reloj dieron las once, y Esteban seguía sin poder dormir. Pensaba mucho en lo que había pasado hace ya un par de horas. Mamá había dado un billete de limosna, había comulgado y se había regresado feliz al asiento, sabes hijo, algún día tú también harás la primera comunión y podrás comulgar como yo, me dijo. De vuelta a casa escucho a los niños jugando y algunos fuegos artificiales, deben estar probándolos para prender los de las doce. A esa hora sí que es una fiesta. Cuando era más pequeño, solía subirme a la azotea con papá para ver los fuegos en el cielo, después, mamá ya no me dejaba quedarme hasta tan tarde, ni estar al aire libre de noche.

Espero que este año me traigan la bicicleta que pedí. Esteban intentó cerrar los ojos pero estaba muy nervioso. Al fin, se decidió y saltó de la cama. Se puso las sandalias y abrió despacito la puerta de su cuarto. Escuchó un ruido y se abalanzó a la cama de nuevo, con todo y sandalias. Nada. Permaneció cinco minutos escuchando su respiración y las risas que venían desde la ventana hacia la calle.

Se incorporó nuevamente. Bajó las escaleras con cuidado y asomó la cabeza hacia la sala. Vio el árbol y muchos regalos debajo, ¿no que vendría y llenaría mis medias? Seguro ese era otro cuento más de mi madre, seguro que la bicicleta ni siquiera estaba debajo del árbol. Se deslizó sigilosamente hacia los regalos pero lo que vio luego lo paralizó.

-Buenas noches, mi pequeño amigo, veo que no esperaste a medianoche.
-¿Quién eres? ¿Eres tú Santaclós?
-Tengo muchos nombres. Algunos me dicen Papa Noel, otros Santa Claus. Quizá tu quieras decirme Nicolás, creo que ese era mi nombre.

Esteban tenía los ojos bien abiertos y se los frotaba con fruición. No entendía muy bien lo que pasaba. Tenía diez años, pero ya pensaba que Papa Noel era solo un cuento que los padres contaban para hacer dormir temprano a sus hijos y hacer que se portaran bien. Pero ahora tenía en frente a ese señor vestido de rojo, de traje delgado, parecía de seda, porque aquí no hace calor, con la cabeza pelada y las canas formando una corona en su cabeza. La barba blanca crecida y enmarañada, los diminutos ojos casi ocultos detrás de unos pómulos muy redondos.


- Esteban, te has portado bien durante el año, dime, ¿qué fue lo que pediste?
- Pedí que mi papá volviera.

Resonó la gran risa por toda la sala y Esteban tuvo miedo que su mamá despertara.

- Quisiera cumplirlo, pero creo que tu mamá pidió todo lo contrario. ¿No pediste algo más? ¿Quizá una bicicleta?
- Sí, pero, eso se lo pedí a mi mamá.
- Entonces, ¿qué quieres pedirme? Puedes pedirme lo que tú quieras, estoy en deuda contigo.

Esteban sonrió.


A la mañana siguiente, Esteban despertó reconfortado. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y fue al cuarto de su madre. La miró de cerca y le tomó el pulso. Acercó un espejo a su nariz y éste no se empañó.

Entonces, en una carcajada gritó: ¡Gracias, Papa Noel!

viernes, noviembre 24, 2006

Helena

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we-


X reserved

sábado, noviembre 18, 2006

De plumas y magos

Tenía la maldita manía de recordar y tener pesadillas todas las noches, cuando lograba dormir. A veces sólo soñaba, pero soñaba con palomas, cada noche, como si fueran una sola pero interminable. Todas las noches como una sola, como un perro que se persigue la cola.

Ese día me levanté a las siete, un poco más tarde que lo habitual y un poco más adormilado aún. Creo que desperté de un sueño, aunque rara vez sueño porque no logro dormirme hasta que me arrullan las palomas de las cuatro de la mañana, endemoniados pájaros madrugadores que algún día terminaré de matar.

(Son las tres y cincuenta, ¿para qué me despiertas? Cada día quiero despertarme más temprano. ¿Para qué? Para que Jacques Flambeaux pueda dormir).

Me había levantado a las siete, un poco tarde, pero no tanto porque los pajaritos no comenzaban a cantar al menos hacia las cuatro de la mañana. Me vestí a oscuras e hice el desayuno, cogí las porciones de las palomas y les di de comer. Palomas. Blancas, negras y plomas. Las dejé salir un rato de las jaulas, para que estiraran las patitas y ellas comenzaron a caminar por el cuarto, luego vuelven a sus jaulas y comen. Estúpidas.

(Muévete, muévete, muévete, ¿acaso no sabes que te engordan para morir? No me importa comer, al menos no moriré devorada. Formo parte de una raza sagrada destinada a las fauces de la eternidad. ¡Te engordan para morir! No es así, hija-hermana, me engordan para durar).

Decidí abrirles la ventana.

(¿De qué color es el cielo, madre-hermana? No lo sé, yo nací entre rejas, todas hemos nacido entre rejas, menos las plomas. Creo que sé volar, pero ¿para qué? Cada vez que se abre la ventana ninguna escapa. En su lugar, a veces otras palomas entran. Así fue como aparecieron las plomas, ellas sí vuelan, o al menos recuerdan cómo volar).

Palomas tontas, pichones inútiles –dije en voz alta. Me consolaba la idea de que la nuestra sería una lucha justa, por eso dejaba abierta la ventana. Las miraba devorar el grano, se empujaban unas a otras, las plomas, gordas; las negras, casi todas manchadas; las blancas, las más estúpidas de todas, quizá por eso representaban la paz.

Esta noche, creo que esta noche serán las blancas –pensé. Las plomas engordan mucho, quizá también algunas negras.

****


Nos emocionaba la idea de ir al circo, mamá nos recogió a las seis de la casa y llegamos pronto. Nos sentamos en la gradería y esperamos que llegara el turno del grandioso mago Jacques. Esa noche, mis hermanos y yo veríamos el acto del que hablaban todos los demás niños: Jacques haría desaparecer una paloma de entre sus manos. Todos decían que era un mago de verdad, que todos los demás eran tan sólo una imitación, pero éste era el verdadero. Además, no sólo hacía desaparecer una sola, como a principios de Julio, ahora que terminaba Agosto, el mago no se conformaba con desaparecer menos de 3 palomas durante todo su acto, que era seguido por un estallido de algarabía y aplausos.

Ya es su turno, Jacques sale al escenario, con su traje de tuxedo negro y su corbata de michi, su sombrero en copa alta y los zapatos brillantes. Y el pañuelo azul que baila y que toda la gradería observa, como si fuera una danza, el pañuelo una bailarina.

(Esta noche es nuestra noche, hija-hermana, hemos sido las elegidas: nos parecemos mucho. Pero no solo nosotras, no estaremos solas en nuestro viaje hacia la eternidad).

De pronto el pañuelo se detiene en medio del aire y vemos que toma forma con la mano de Jacques debajo. Una paloma blanca, muy blanca sale debajo y no se escapa de la mano del mago, como hechizada, agita las alas pero no se mueve ni alza vuelo. El pañuelo comienza a bailar rápidamente cada vez más, la paloma y el pañuelo danzan y Jacques da vueltas también. Cubre su rostro con el pañuelo y da vueltas. Cubre a la paloma y da vueltas. Hace un movimiento de brazos y ya no está ¡La paloma desapareció, se desvaneció en el aire!

Una mirada de triunfo y el mago enseña el pañuelo, por ningún lado vemos a la paloma. ¡El sombrero, gritamos, el sombrero! El mago se quita el sombrero y nos lo muestra, nada. Los guantes, los guantes. No está, el mago nos enseña las manos limpias.

Entonces cuando todos ya estamos impacientes por saber de la paloma Jacques empieza a darle forma a su pañuelo, con su mano debajo empieza a agitarlo y agitarlo. Dice las palabras mágicas, cuatro o cinco, saca el pañuelo y allí está, la paloma blanca comienza a volar y se pierde por todo el circo. En los aplausos, todos se olvidan de ella y sólo miran al mago que hace reverencias una y otra vez.

La paloma volvería a la jaula de Jacques por sí sola horas más tarde.

****


(Canten hermanas, canten, para que duerma Jacques Flambeaux. Canten, hermanas, canten).
Un fuego consumía a Jacques en sueños, y un hambre insospechada lo despertó esta vez a las seis.

El lapicero

Miré al piso y vi un lapicero.

” Había estado toda la mañana trabajando en mi cubículo, en el séptimo piso del edificio Principal. Desde las nueve. No había sido una mañana muy movida. Sólo había tenido que actualizar la base de datos, hacer un par de llamadas a los asistentes para ver si estaban haciendo lo que les había indicado y revisar algunos informes sin completar. Eso era todo. Por eso a las doce y media estaba con el ánimo ligero. Con el saco en el brazo salía del edificio e iba a buscar el menú del día, cuando lo vi en el piso. Resaltaba un poco por el color azul intenso y, por un momento, me pareció que sólo yo podía verlo. Me acerqué y lo recogí, casi automáticamente, y me lo eché al bolsillo de la camisa, luego lo olvidé totalmente y seguí caminando.

Quizá creas que todo esto del lapicero no tenga importancia, pero yo creo que sí, una poca al menos, ¿no?

­-Sí, aún no le veo la importancia- asentí algo aburrido, algo harto de hablar de un objeto que no despertaba mi curiosidad. Y del lapicero también. Continúa.

”Entonces, cuando terminé de almorzar y me acerqué al mostrador para pagar la cuenta, una chica que estaba a mi costado me dijo disculpa, préstame un ratito, y cogió el lapicero de mi bolsillo sin esperar respuesta, firmó su cuenta y me lo volvió a poner en el mismo sitio con una sonrisa.

” Salimos del lugar hombro con hombro y nos encontramos en la calle caminando uno al costado del otro hacia el mismo edificio. Nos sonreímos y entramos al vestíbulo juntos, luego al ascensor juntos. Ella presionó el 5, yo iba al 7.

Yo lo escuchaba contar su historia sin mucho interés. La ventana me ofrecía un mejor espectáculo. El gordito Evangelista vivía en un departamento del quinto piso, en un edificio de Miraflores que daba hacia el final de la calle de las pizzas. Cuando me llamaba para contarme sus aventuras ociosas, me entretenía mirando por la ventana a las muchachas que iban, probablemente a divertirse. Esta vez me entretenía con un grupo de adolescentes que se habían detenido formando un círculo y comenzaban a encender sus primeros cigarrillos.

” El día siguiente no me pude resistir y fui al mismo lugar…

- Primero, cuéntame algo más de la muchacha, y luego, dime algo del lapicero- lo interrumpí.

César se turbó un poco, como siempre que lo interrumpía, rebobinó mentalmente su historia, así le llamo a los momentos en que se queda callado hasta que comienza a contarme la historia tal y como yo la quiero escuchar.

” Ella es más o menos de mi estatura, delgada, más bien menuda. Estaba vestida de oficina, traje azul, ceñido. Castaña oscura y con muchas pecas alrededor de la nariz.

- ¿Te fijaste en eso al conocerla?
” No, me di cuenta después. Ojos marrones, a veces caramelo.

- ¿Y el lapicero?

” ¿Qué tiene que ver el lapicero?
- No nada, sólo que me da curiosidad saber cómo era el lapicero.
” Era azul.

No insistí más y dejé que me contara su historia como mejor quisiera. Total, era suya, y cada quién cuenta su historia como puede, pensé.

En la calle, los muchachos habían dejado el círculo y comenzaban a volverse un óvalo, hasta que se rompió la figura: uno de ellos tenía a una muchacha de no más de quince años de la mano. Los demás seguían fumando, pero poco a poco el chico dejaba de reírse de lo que decían los demás.

” Te decía que al día siguiente no la encontré. Ni tampoco al subsiguiente. Recién a los tres días volvió a aparecer. Esta vez de pantalón y blusa. Nos encontramos a la entrada, eso fue suerte, y almorzamos juntos. Se llamaba Natalia, al menos eso me dijo esa vez, y era asistente C en el buffet del quinto piso.

Me comencé a interesar un poco en la historia del gordo. Más de una vez me había sorprendido con relatos absurdos, pero no dejaba de tenerle aprecio, al menos por intentarlo.

” Cuando terminamos de almorzar, me ofrecí a pagar la cuenta, en efectivo, como siempre, tú sabes cómo odio el plástico. Ella se negó, y me pidió el lapicero otra vez para firmar su boleta.

- ¿Y nunca más la volviste a ver?

- Algo así, perdí el lapicero la semana pasada. Me compré uno dorado para remplazarlo, pero ella no me habla ya, sólo me hace el saludo de cabeza, tú sabes, baja la cabeza, sonríe. Por alguna razón siento como si el lapicero y ella estuvieran conectados.

Me reí del gordo, como siempre. Y decidí terminar de un sorbo lo que quedaba de licor en el vaso que sostenía en la mano.

- No te preocupes, gordo, haré lo posible para que tu historia resulte más divertida. Digna de tus memorias. El lapicero y ella, ella y el lapicero.

Gracias, Marco. Espero que te salga mejor que la anterior. Siempre necesito nuevas anécdotas.

De vuelta a casa me preocupaban dos cosas, cómo terminar la historia del gordo y qué fue lo que pasó finalmente con la parejita de adolescentes. Intenté primero lo del gordo Evangelista, porque lo de los adolescentes era simplemente una historia de amor en pandilla.


La encontré de nuevo ni bien entraba al restorán.

-Hola, ¿me recuerdas?
-Ah, hola, no, disculpa
-Te presté el lapicero el martes pasado, ¿te acuerdas?- le dije en tono jovial.
-Ah sí, lo siento, es que ando algo distraída- con una sonrisa.

Nos sentamos a almorzar. Ella pidió una ensalada. Yo una hamburguesa, sí, la cuatro, a la parrilla. Trabajas en el edificio Principal, también, ¿no? Mi nombre es César, trabajo en el siete.
- Natalie. Soy asistente B en el quinto, sí, pero recién me han transferido a este edificio, la semana pasada.

Algo de tristeza en su tono, decidí no mostrarme tan jovial. Le dije que me hablara un poco de ella, los platos siempre demoraban en venir.

- No hay mucho que decir, no me gusta mucho venir de sastre, es algo incómodo. Comenzó a desviar la mirada hacia abajo. Los reflejos del sol les daban un tono caramelo a sus ojos, pero no me miraba. Una chica triste, pensé.

¿Una chica triste? ¿De qué parte del relato del gordo pude concluir que Natalia o Natalie como yo la quiero llamar es una chica triste? Eso al gordo no le va a gustar. A él le gustan las anécdotas graciosas.

- Nataly, pero puedes decirme Naty, me dijo con una sonrisa y un brillo en sus ojos color caramelo. Estoy de asistente A en el buffet del quinto piso.

- Yo trabajo en el sétimo, de Senior, me acaban de ascender hace un par de semanas- le dije disimulando mi orgullo.

- Ah, qué bien, debe ser mucha chamba, ¿verdad?
- No creas, me la paso negreando a los asistentes, nada más.

(Ya comienzo a hablar como el gordo)

Se rió divertida, con una sonrisa enorme. Conversamos bastante rato más hasta que llegaron los platos, almorcé de prisa, para que me alcance el tiempo.

- No tan rápido, yo tengo el día libre después del almuerzo.
- Ah yo también –mentí, lo que pasa es que estoy acostumbrado, tú sabes, por la semana. Pero si tienes tiempo, podemos salir a algún lado, ¿quieres ir al cine? – apresurado, me arrepentí en el momento en que se lo dije.
- Ya pues, no tengo nada que hacer igual.

(Pero el gordito no va al cine nunca, ¿qué me irá a decir?)

Terminamos, trajeron la cuenta y ella quiso separarla. Pagó con tarjeta, yo con efectivo, siempre. Y a la hora de firmar sacó el lapicero de mi bolsillo.

- ¿Sabes? –dijo Nataly mirando el lapicero fijamente. Este lapicero es mío. Yo lo tiré a la acera el día que comencé a trabajar en el edificio, la semana pasada. Yo no saldría con un idiota que recoge lapiceros de la calle.

Dijo eso último muy seria. Muy seria. Firmó y se fue. Yo estaba con la boca abierta aún y el mozo me miraba extrañado.

Al menos debió devolverme el lapicero.

lunes, setiembre 13, 2004

prueba

primera entrega y probando