Otra historia de navidad
No tengo sueño aun, y falta mucho para la medianoche. ¿Por qué cada año tengo que dormir cuando es el día más feliz del año? -pensaba Esteban. Eran menos de la diez de la noche, pero su madre lo había mandado a dormir temprano. No le parecía justo, no podía hacerlo. Por un instante pensó que los adultos no dejaban disfrutar la navidad, como esos gigantes de los cuentos de hadas que intentan evitar la felicidad de los niños. En la repisa frente a su cama, el reloj marcaba los segundos casi al compás del ruido que hacían los grillos al frotar sus alas.
No podré dormir.
Fijó los ojos al techo, gris ahora con las luces apagadas, esperando que llegue medianoche.
¡Esteeeeban! –gritó la madre. ¡Se hace tarde para ir a misa!
No habían dado ni las siete de la noche y mamá ya quiere salir. Esteban se acomodaba el traje, su madre siempre lo había obligado a disfrazarse de formal para ir a misa. Eso no le gustaba, el cuello de la camisa es insoportable, no sé como los adultos pueden caminar con esto todos los días. ¡Mamá, mamá!, anúdame el nudo de esta corbata en miniatura que el niño aun no sabe hacerse, ya habrá tiempo de enseñarle, si sólo su padre estuviera aquí, sinvergüenza. Ya está, ahora ponte los zapatos, ¿si?, espero que estén lustrados. Sí, claro, como si no los llevara también al colegio, han de estar llenos de barro.
Salimos de casa quince minutos después de que limpiara mis zapatos, mamá se había demorado aún más en pintarse. Era de noche y el cielo estaba rojizo, la luna apenas se veía sobresalir de la niebla. Caminamos con mamá a la capilla que quedaba cruzando la avenida central, no estaba muy oscuro.
Así que cuando regresemos dejarás tus medias colgadas a la puerta de tu habitación y luego me dijo que me durmiera de verdad, no sólo que me hiciera el dormido como otros años, porque Santa iba a venir esa noche e iba a repartir regalos a los niños que se hayan portado bien y que estén profundamente dormidos cuando dé la medianoche.
Mientras tanto yo miraba a las personas en las calles, las mujeres que caminaban con nosotros a la capilla, las viejitas muy lentas de la mano de alguna niña con vestido nuevo, la gente asomándose a sus puertas con cara de felicidad. Hasta que me di cuenta de una cara que no conocía. Un señor que parecía pedir limosna sentado en la esquina, a la salida de la reja que los vecinos habíamos contratado y cómo lo dejan sentarse aquí, que desgracia, Esteban, no te acerques, pero qué… Vuelve aquí, ¡qué haces, niño?
-¿Estás aquí solo?- le pregunté, pero hoy es navidad. Toma, le di el dinero que mi mamá me daba para que ponga en la limosna, ellos no parecen necesitarlo tanto.
El anciano levantó los ojos y los entrecerró un poco en mueca de agradecimiento. Era una sonrisa hecha con los ojos solamente, porque no se veía su boca escondida debajo de la barba.
-¡Qué haces, muchachito? –gritó mamá, luego me dio un cocacho que me quedó doliendo hasta que nos sentamos en la banca. Mamá escogió la de la segunda fila, porque la primera es para santurronas, eso dijo. Dos horas después, porque habíamos llegado muy temprano, tú sabes, le dije a Esteban, la misa de navidad siempre se llena demasiado, como si todos asistieran a esa sola misa en el año, ja, y juran que se van a salvar.
En el reloj dieron las once, y Esteban seguía sin poder dormir. Pensaba mucho en lo que había pasado hace ya un par de horas. Mamá había dado un billete de limosna, había comulgado y se había regresado feliz al asiento, sabes hijo, algún día tú también harás la primera comunión y podrás comulgar como yo, me dijo. De vuelta a casa escucho a los niños jugando y algunos fuegos artificiales, deben estar probándolos para prender los de las doce. A esa hora sí que es una fiesta. Cuando era más pequeño, solía subirme a la azotea con papá para ver los fuegos en el cielo, después, mamá ya no me dejaba quedarme hasta tan tarde, ni estar al aire libre de noche.
Espero que este año me traigan la bicicleta que pedí. Esteban intentó cerrar los ojos pero estaba muy nervioso. Al fin, se decidió y saltó de la cama. Se puso las sandalias y abrió despacito la puerta de su cuarto. Escuchó un ruido y se abalanzó a la cama de nuevo, con todo y sandalias. Nada. Permaneció cinco minutos escuchando su respiración y las risas que venían desde la ventana hacia la calle.
Se incorporó nuevamente. Bajó las escaleras con cuidado y asomó la cabeza hacia la sala. Vio el árbol y muchos regalos debajo, ¿no que vendría y llenaría mis medias? Seguro ese era otro cuento más de mi madre, seguro que la bicicleta ni siquiera estaba debajo del árbol. Se deslizó sigilosamente hacia los regalos pero lo que vio luego lo paralizó.
-Buenas noches, mi pequeño amigo, veo que no esperaste a medianoche.
-¿Quién eres? ¿Eres tú Santaclós?
-Tengo muchos nombres. Algunos me dicen Papa Noel, otros Santa Claus. Quizá tu quieras decirme Nicolás, creo que ese era mi nombre.
Esteban tenía los ojos bien abiertos y se los frotaba con fruición. No entendía muy bien lo que pasaba. Tenía diez años, pero ya pensaba que Papa Noel era solo un cuento que los padres contaban para hacer dormir temprano a sus hijos y hacer que se portaran bien. Pero ahora tenía en frente a ese señor vestido de rojo, de traje delgado, parecía de seda, porque aquí no hace calor, con la cabeza pelada y las canas formando una corona en su cabeza. La barba blanca crecida y enmarañada, los diminutos ojos casi ocultos detrás de unos pómulos muy redondos.
- Esteban, te has portado bien durante el año, dime, ¿qué fue lo que pediste?
- Pedí que mi papá volviera.
Resonó la gran risa por toda la sala y Esteban tuvo miedo que su mamá despertara.
- Quisiera cumplirlo, pero creo que tu mamá pidió todo lo contrario. ¿No pediste algo más? ¿Quizá una bicicleta?
- Sí, pero, eso se lo pedí a mi mamá.
- Entonces, ¿qué quieres pedirme? Puedes pedirme lo que tú quieras, estoy en deuda contigo.
Esteban sonrió.
A la mañana siguiente, Esteban despertó reconfortado. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y fue al cuarto de su madre. La miró de cerca y le tomó el pulso. Acercó un espejo a su nariz y éste no se empañó.
Entonces, en una carcajada gritó: ¡Gracias, Papa Noel!
No podré dormir.
Fijó los ojos al techo, gris ahora con las luces apagadas, esperando que llegue medianoche.
¡Esteeeeban! –gritó la madre. ¡Se hace tarde para ir a misa!
No habían dado ni las siete de la noche y mamá ya quiere salir. Esteban se acomodaba el traje, su madre siempre lo había obligado a disfrazarse de formal para ir a misa. Eso no le gustaba, el cuello de la camisa es insoportable, no sé como los adultos pueden caminar con esto todos los días. ¡Mamá, mamá!, anúdame el nudo de esta corbata en miniatura que el niño aun no sabe hacerse, ya habrá tiempo de enseñarle, si sólo su padre estuviera aquí, sinvergüenza. Ya está, ahora ponte los zapatos, ¿si?, espero que estén lustrados. Sí, claro, como si no los llevara también al colegio, han de estar llenos de barro.
Salimos de casa quince minutos después de que limpiara mis zapatos, mamá se había demorado aún más en pintarse. Era de noche y el cielo estaba rojizo, la luna apenas se veía sobresalir de la niebla. Caminamos con mamá a la capilla que quedaba cruzando la avenida central, no estaba muy oscuro.
Así que cuando regresemos dejarás tus medias colgadas a la puerta de tu habitación y luego me dijo que me durmiera de verdad, no sólo que me hiciera el dormido como otros años, porque Santa iba a venir esa noche e iba a repartir regalos a los niños que se hayan portado bien y que estén profundamente dormidos cuando dé la medianoche.
Mientras tanto yo miraba a las personas en las calles, las mujeres que caminaban con nosotros a la capilla, las viejitas muy lentas de la mano de alguna niña con vestido nuevo, la gente asomándose a sus puertas con cara de felicidad. Hasta que me di cuenta de una cara que no conocía. Un señor que parecía pedir limosna sentado en la esquina, a la salida de la reja que los vecinos habíamos contratado y cómo lo dejan sentarse aquí, que desgracia, Esteban, no te acerques, pero qué… Vuelve aquí, ¡qué haces, niño?
-¿Estás aquí solo?- le pregunté, pero hoy es navidad. Toma, le di el dinero que mi mamá me daba para que ponga en la limosna, ellos no parecen necesitarlo tanto.
El anciano levantó los ojos y los entrecerró un poco en mueca de agradecimiento. Era una sonrisa hecha con los ojos solamente, porque no se veía su boca escondida debajo de la barba.
-¡Qué haces, muchachito? –gritó mamá, luego me dio un cocacho que me quedó doliendo hasta que nos sentamos en la banca. Mamá escogió la de la segunda fila, porque la primera es para santurronas, eso dijo. Dos horas después, porque habíamos llegado muy temprano, tú sabes, le dije a Esteban, la misa de navidad siempre se llena demasiado, como si todos asistieran a esa sola misa en el año, ja, y juran que se van a salvar.
En el reloj dieron las once, y Esteban seguía sin poder dormir. Pensaba mucho en lo que había pasado hace ya un par de horas. Mamá había dado un billete de limosna, había comulgado y se había regresado feliz al asiento, sabes hijo, algún día tú también harás la primera comunión y podrás comulgar como yo, me dijo. De vuelta a casa escucho a los niños jugando y algunos fuegos artificiales, deben estar probándolos para prender los de las doce. A esa hora sí que es una fiesta. Cuando era más pequeño, solía subirme a la azotea con papá para ver los fuegos en el cielo, después, mamá ya no me dejaba quedarme hasta tan tarde, ni estar al aire libre de noche.
Espero que este año me traigan la bicicleta que pedí. Esteban intentó cerrar los ojos pero estaba muy nervioso. Al fin, se decidió y saltó de la cama. Se puso las sandalias y abrió despacito la puerta de su cuarto. Escuchó un ruido y se abalanzó a la cama de nuevo, con todo y sandalias. Nada. Permaneció cinco minutos escuchando su respiración y las risas que venían desde la ventana hacia la calle.
Se incorporó nuevamente. Bajó las escaleras con cuidado y asomó la cabeza hacia la sala. Vio el árbol y muchos regalos debajo, ¿no que vendría y llenaría mis medias? Seguro ese era otro cuento más de mi madre, seguro que la bicicleta ni siquiera estaba debajo del árbol. Se deslizó sigilosamente hacia los regalos pero lo que vio luego lo paralizó.
-Buenas noches, mi pequeño amigo, veo que no esperaste a medianoche.
-¿Quién eres? ¿Eres tú Santaclós?
-Tengo muchos nombres. Algunos me dicen Papa Noel, otros Santa Claus. Quizá tu quieras decirme Nicolás, creo que ese era mi nombre.
Esteban tenía los ojos bien abiertos y se los frotaba con fruición. No entendía muy bien lo que pasaba. Tenía diez años, pero ya pensaba que Papa Noel era solo un cuento que los padres contaban para hacer dormir temprano a sus hijos y hacer que se portaran bien. Pero ahora tenía en frente a ese señor vestido de rojo, de traje delgado, parecía de seda, porque aquí no hace calor, con la cabeza pelada y las canas formando una corona en su cabeza. La barba blanca crecida y enmarañada, los diminutos ojos casi ocultos detrás de unos pómulos muy redondos.
- Esteban, te has portado bien durante el año, dime, ¿qué fue lo que pediste?
- Pedí que mi papá volviera.
Resonó la gran risa por toda la sala y Esteban tuvo miedo que su mamá despertara.
- Quisiera cumplirlo, pero creo que tu mamá pidió todo lo contrario. ¿No pediste algo más? ¿Quizá una bicicleta?
- Sí, pero, eso se lo pedí a mi mamá.
- Entonces, ¿qué quieres pedirme? Puedes pedirme lo que tú quieras, estoy en deuda contigo.
Esteban sonrió.
A la mañana siguiente, Esteban despertó reconfortado. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y fue al cuarto de su madre. La miró de cerca y le tomó el pulso. Acercó un espejo a su nariz y éste no se empañó.
Entonces, en una carcajada gritó: ¡Gracias, Papa Noel!

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