sábado, noviembre 18, 2006

El lapicero

Miré al piso y vi un lapicero.

” Había estado toda la mañana trabajando en mi cubículo, en el séptimo piso del edificio Principal. Desde las nueve. No había sido una mañana muy movida. Sólo había tenido que actualizar la base de datos, hacer un par de llamadas a los asistentes para ver si estaban haciendo lo que les había indicado y revisar algunos informes sin completar. Eso era todo. Por eso a las doce y media estaba con el ánimo ligero. Con el saco en el brazo salía del edificio e iba a buscar el menú del día, cuando lo vi en el piso. Resaltaba un poco por el color azul intenso y, por un momento, me pareció que sólo yo podía verlo. Me acerqué y lo recogí, casi automáticamente, y me lo eché al bolsillo de la camisa, luego lo olvidé totalmente y seguí caminando.

Quizá creas que todo esto del lapicero no tenga importancia, pero yo creo que sí, una poca al menos, ¿no?

­-Sí, aún no le veo la importancia- asentí algo aburrido, algo harto de hablar de un objeto que no despertaba mi curiosidad. Y del lapicero también. Continúa.

”Entonces, cuando terminé de almorzar y me acerqué al mostrador para pagar la cuenta, una chica que estaba a mi costado me dijo disculpa, préstame un ratito, y cogió el lapicero de mi bolsillo sin esperar respuesta, firmó su cuenta y me lo volvió a poner en el mismo sitio con una sonrisa.

” Salimos del lugar hombro con hombro y nos encontramos en la calle caminando uno al costado del otro hacia el mismo edificio. Nos sonreímos y entramos al vestíbulo juntos, luego al ascensor juntos. Ella presionó el 5, yo iba al 7.

Yo lo escuchaba contar su historia sin mucho interés. La ventana me ofrecía un mejor espectáculo. El gordito Evangelista vivía en un departamento del quinto piso, en un edificio de Miraflores que daba hacia el final de la calle de las pizzas. Cuando me llamaba para contarme sus aventuras ociosas, me entretenía mirando por la ventana a las muchachas que iban, probablemente a divertirse. Esta vez me entretenía con un grupo de adolescentes que se habían detenido formando un círculo y comenzaban a encender sus primeros cigarrillos.

” El día siguiente no me pude resistir y fui al mismo lugar…

- Primero, cuéntame algo más de la muchacha, y luego, dime algo del lapicero- lo interrumpí.

César se turbó un poco, como siempre que lo interrumpía, rebobinó mentalmente su historia, así le llamo a los momentos en que se queda callado hasta que comienza a contarme la historia tal y como yo la quiero escuchar.

” Ella es más o menos de mi estatura, delgada, más bien menuda. Estaba vestida de oficina, traje azul, ceñido. Castaña oscura y con muchas pecas alrededor de la nariz.

- ¿Te fijaste en eso al conocerla?
” No, me di cuenta después. Ojos marrones, a veces caramelo.

- ¿Y el lapicero?

” ¿Qué tiene que ver el lapicero?
- No nada, sólo que me da curiosidad saber cómo era el lapicero.
” Era azul.

No insistí más y dejé que me contara su historia como mejor quisiera. Total, era suya, y cada quién cuenta su historia como puede, pensé.

En la calle, los muchachos habían dejado el círculo y comenzaban a volverse un óvalo, hasta que se rompió la figura: uno de ellos tenía a una muchacha de no más de quince años de la mano. Los demás seguían fumando, pero poco a poco el chico dejaba de reírse de lo que decían los demás.

” Te decía que al día siguiente no la encontré. Ni tampoco al subsiguiente. Recién a los tres días volvió a aparecer. Esta vez de pantalón y blusa. Nos encontramos a la entrada, eso fue suerte, y almorzamos juntos. Se llamaba Natalia, al menos eso me dijo esa vez, y era asistente C en el buffet del quinto piso.

Me comencé a interesar un poco en la historia del gordo. Más de una vez me había sorprendido con relatos absurdos, pero no dejaba de tenerle aprecio, al menos por intentarlo.

” Cuando terminamos de almorzar, me ofrecí a pagar la cuenta, en efectivo, como siempre, tú sabes cómo odio el plástico. Ella se negó, y me pidió el lapicero otra vez para firmar su boleta.

- ¿Y nunca más la volviste a ver?

- Algo así, perdí el lapicero la semana pasada. Me compré uno dorado para remplazarlo, pero ella no me habla ya, sólo me hace el saludo de cabeza, tú sabes, baja la cabeza, sonríe. Por alguna razón siento como si el lapicero y ella estuvieran conectados.

Me reí del gordo, como siempre. Y decidí terminar de un sorbo lo que quedaba de licor en el vaso que sostenía en la mano.

- No te preocupes, gordo, haré lo posible para que tu historia resulte más divertida. Digna de tus memorias. El lapicero y ella, ella y el lapicero.

Gracias, Marco. Espero que te salga mejor que la anterior. Siempre necesito nuevas anécdotas.

De vuelta a casa me preocupaban dos cosas, cómo terminar la historia del gordo y qué fue lo que pasó finalmente con la parejita de adolescentes. Intenté primero lo del gordo Evangelista, porque lo de los adolescentes era simplemente una historia de amor en pandilla.


La encontré de nuevo ni bien entraba al restorán.

-Hola, ¿me recuerdas?
-Ah, hola, no, disculpa
-Te presté el lapicero el martes pasado, ¿te acuerdas?- le dije en tono jovial.
-Ah sí, lo siento, es que ando algo distraída- con una sonrisa.

Nos sentamos a almorzar. Ella pidió una ensalada. Yo una hamburguesa, sí, la cuatro, a la parrilla. Trabajas en el edificio Principal, también, ¿no? Mi nombre es César, trabajo en el siete.
- Natalie. Soy asistente B en el quinto, sí, pero recién me han transferido a este edificio, la semana pasada.

Algo de tristeza en su tono, decidí no mostrarme tan jovial. Le dije que me hablara un poco de ella, los platos siempre demoraban en venir.

- No hay mucho que decir, no me gusta mucho venir de sastre, es algo incómodo. Comenzó a desviar la mirada hacia abajo. Los reflejos del sol les daban un tono caramelo a sus ojos, pero no me miraba. Una chica triste, pensé.

¿Una chica triste? ¿De qué parte del relato del gordo pude concluir que Natalia o Natalie como yo la quiero llamar es una chica triste? Eso al gordo no le va a gustar. A él le gustan las anécdotas graciosas.

- Nataly, pero puedes decirme Naty, me dijo con una sonrisa y un brillo en sus ojos color caramelo. Estoy de asistente A en el buffet del quinto piso.

- Yo trabajo en el sétimo, de Senior, me acaban de ascender hace un par de semanas- le dije disimulando mi orgullo.

- Ah, qué bien, debe ser mucha chamba, ¿verdad?
- No creas, me la paso negreando a los asistentes, nada más.

(Ya comienzo a hablar como el gordo)

Se rió divertida, con una sonrisa enorme. Conversamos bastante rato más hasta que llegaron los platos, almorcé de prisa, para que me alcance el tiempo.

- No tan rápido, yo tengo el día libre después del almuerzo.
- Ah yo también –mentí, lo que pasa es que estoy acostumbrado, tú sabes, por la semana. Pero si tienes tiempo, podemos salir a algún lado, ¿quieres ir al cine? – apresurado, me arrepentí en el momento en que se lo dije.
- Ya pues, no tengo nada que hacer igual.

(Pero el gordito no va al cine nunca, ¿qué me irá a decir?)

Terminamos, trajeron la cuenta y ella quiso separarla. Pagó con tarjeta, yo con efectivo, siempre. Y a la hora de firmar sacó el lapicero de mi bolsillo.

- ¿Sabes? –dijo Nataly mirando el lapicero fijamente. Este lapicero es mío. Yo lo tiré a la acera el día que comencé a trabajar en el edificio, la semana pasada. Yo no saldría con un idiota que recoge lapiceros de la calle.

Dijo eso último muy seria. Muy seria. Firmó y se fue. Yo estaba con la boca abierta aún y el mozo me miraba extrañado.

Al menos debió devolverme el lapicero.

1 Comments:

Blogger Languidstillness said...

por qué lo has puesto acá oeeee?

noseaspastel y cuelgalos en el monito idol

jue nov. 23, 01:39:00 a. m. PET  

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